17 junio 2006

He vuelto. Aunque jamás me fui.
Al menos, eso creo.

10 mayo 2005

El otro día leí por alguna parte que la alternativa a reír de nosotros mismos es llorarnos. Pues sí...

02 mayo 2005

Incógnito es una películilla del británico John Badham, que además de director de filmes más o menos comerciales es hermano, ya que estamos, de la hija de Gregory Peck en este otro film. Pero no nos vayamos por los cerros y volvamos a lo que quería decirles. El título al que hacía referencia, una intriga hitchcockiana sobre falsos culpables y falsificadores de arte, quizás no sea especialmente destacable. Es más, la gran mayoría de críticas que he leído la han puesto a caldo de manera vil y despiadada. Sin embargo, a mí me parece un film muy divertido cuya trama, si quieren absurda e inverosímil, destila además un mensaje con el que estoy muy de acuerdo: el arte es un fraude.
Dejando de lado una subtrama acerca de un asesinato que no viene a cuento, el protagonista se las ve y se las desea para demostrar que él es el auténtico autor de una pintura, inspirada en los ojos de su padre enfermo, que la mayoría de expertos coincide en señalar como un Rembrandt inédito. No importa si la calidad del cuadro es soberbia o no: al final, lo único que vale es el nombre de la mano que sostiene la paleta (“sólo la firma ya vale cinco millones” llega a decir uno de los personajes).
Hoy en día, cualquier cosa es arte. Nadie se atreve a decir que esto o lo otro es una soberana mierda porque hay un alto riesgo de quedar como un insensible ignorante. Y, también al contrario, muchos creadores en ciernes no entienden por qué sus lienzos manchados de pintura despiertan la indiferencia entre los entendidos y, sin embargo, otros pegotes realizados con menos gusto por autores renombrados valen millones en las más prestigiosas salas de arte.
Como todo título comercial que se precie, en Incógnito, al final, todo se resuelve satisfactoriamente, claro. El protagonista se queda con la chica y logra demostrar su inocencia con respecto a la acusación de asesinato, aunque no así con respecto la autoría del cuadro. Indirectamente, no obstante, recibe por ese trabajo una millonada, mucho más de lo que habría cobrado por firmar con su nombre un simple retrato de su padre y, pirueta última, logra además que una de sus obras, por extensión un homenaje a su mentor, sea expuesta en el museo del Prado.
Lo mejor, a modo de epílogo, el nombre de una casa rural guipuzcoana tal y como aparece escrito en el destinatario de una carta: Casa Mierda. Lo juro. Es un plano que me fascina cada vez que lo veo.

29 abril 2005

En mis tiempos libres, para ayudar a pagar el alquiler, y eso, me dedico al apasionante deporte de aventura que supone entrenar un equipo de waterpolo femenino. Pero no me crucifiquen aún; con un poco de suerte, este mes de mayo será el último de mi insignificante carrera. Tengo amigos (malintencionados y no) que me dicen que no lo haga, que no desista, que ellos matarían para estar en mi lugar, y blablabla, que si debe de ser como estar en el paraíso, rodeado de chicas en bañador, o que debe de quedar la mar de rebién por entre mi currículo.
Creo que no pueden ni imaginarse lo que supone controlar un nutrido grupo de chicas, de edades que se columpian entre los dieciocho y los treinta y tres años, para que sean disciplinadas y trabajen en grupo, escuchen lo que uno dice en lugar de ponerse a hablar, presten atención cuando escuchan, se crean lo que uno les dice, apliquen luego según su sentido común lo que han estado escuchando mientras hablaban, no se peleen y, sobre todo, para que reine la armonía y todas sigan el rollo a la starlette de turno: de lo contrario podrían crearse grupitos que inicien una campaña de desprestigio hacia la persona ultrajada que ríanse ustedes de las de los principales grupos políticos... en fin, todo un poema, oigan.
Al contrario que en el fútbol, donde la culpa de los males de un equipo la tienen los árbitros, aquí, al final, la culpa es siempre del entrenador. No pasa nada. Uno aprende muchas cosas, aquí. Más que en la mili, que en el fondo era una mariconada.

26 abril 2005

Parece que, después de un considerable tiempo de despropósitos biorrítmicos y otras aventuras más o menos orgánicas, mi cuerpo (y mente, no discriminemos a nadie) está comenzando a encauzarse en un modo de vida más o menos standard. Llevo cuatro días durmiendo de siete a nueve horas diarias y, además, haciéndolo seguido, lo cual es digno de una celebración tan laureada como la diana del día de la jura de bandera (¿recuerdan eso?)
Esto de levantarse a las nueve de la mañana (para no volver a acostarse hasta la noche, se entiende), desayunar y prepararse para currar un poco es todo un mundo que uno descubre ante sus ojos. La luz que entra por las ventanas es distinta a la que ha estado marcándole a uno en el transcurso de los últimos años, y los haces de luz dibujados en el polvo que entra en casa, y espero que eso pase en todos los hogares del mundo y no sólo en el mío, porque menudo hartón de limpiar, dotan al entorno de una atmósfera pesada que a veces me recuerda a esos ambientes tan atmosféricos propios de algunas películas de los 80.
Así, en este contorno tan artificial, por inusitado, aprovecho y me pongo temprano con un tratamiento que me han encargado y cuya trama, excesivamente psicológica y literaria, me está costando lo suyo convertir en algo visual. Y es entonces cuando se da un fenómeno tedioso y desesperante que viene ocurriendo desde que comencé a estar en casa por las mañanas, hace ya más de cuatro años, y cuya naturaleza no es otra que las dichosas obras vecinales y su sempiterno séquito de máquinas taladradoras y martilleos que, lejos de recordarme a uno de los cuentos de este simpático libro, me lleva a plantearme una serie de peregrinas ideas que, enlazadas, podrían explicar quizás el por qué de esos inusitados arrebatos de violencia doméstica que tan de moda están últimamente.

22 abril 2005

Si se diera el hipotético caso de que una pelirroja de gatunos ojos verdes y abracadabrantes curvas me sedujera en cualquier bar de carretera, para llevarme después a un sórdido motel de tres al cuarto, quitarme la ropa mientras me incita a ingerir vasos y vasos de un alcohol que, sin darme cuenta, ha adulterado con alguna droga de oscura naturaleza, esperar a que caiga redondo sobre una moqueta que no pasaría el más básico examen de un triste inspector de sanidad, dar paso a un par de cirujanos expertos fácilmente sobornables para tumbarme boca abajo en la cama, abrirme de cuajo y sacarme un riñón para venderlo en el mercado negro, o lo que sea, y dejarme tirado después, mal cosido, en una bañera repleta de cubitos de hielo de gasolinera, se iba a llevar una sorpresa.
Y es que mis riñones no valen un duro. El izquierdo apenas funciona, y el derecho va haciendo lo que puede sin demasiada convicción, todo por culpa de una poliquistosis renal que me lleva directamente al transplante. Todo esto tendrá lugar relativamente pronto, en un par de años si todo va bien, en menos si no lo va tanto, y lo que hasta ahora siempre me habían parecido obsesiones patológicas de este canadiense ilustre, cada vez va cobrando matices más inquietantes al irse confirmando como una realidad que tendrá lugar en mis propias carnes. Les iré informando detalladamente de cómo evoluciona el asunto, por si a alguien le interesa. Por lo pronto, entreténganse mirando las fotos de este señor, que no están nada mal y que siempre otorgan un poco de autoconciencia en nuestras volátiles existencias. Gracias por el café.

20 abril 2005

Hace unos días se me jodió el móvil. Bueno, no el móvil, si no el dichoso cargador. De repente, se creó una especie de sufrida cuenta atrás en la que, al parecer, corría peligro de quedarme incomunicado (qué atrás han quedado aquellos tiempos, oigan…). Claro que muchos de ustedes pensarán que la cosa tenía fácil arreglo, bastaba con comprarse un cargador nuevo o, en su defecto, un teléfono nuevo, preferiblemente de ésos que tienen cámara de vídeo y rastreador gps y, como escribían en los tebeos de antaño, pelillos a la mar. Sin embargo, eso era poner las cosas demasiado fáciles. Nunca me he comprado un teléfono móvil, y no creo que vaya a hacerlo ahora, al menos de momento. Y, en cuanto al cargador, bien, pues el modelo que yo tenía era poco menos que una antigualla, de aquellos que han vivido algún que otro periodo oscuro de nuestra historia (si es que alguna vez hemos visto la claridad). Y he aquí el meollo de la cuestión.
Porque, ¿cuántas risas habrá provocado entre el populacho menos, digamos para no pecar de vehementes, dotados de una personalidad propia la simple visión de mi aparato (el teléfono, no piensen mal, leches), al considerarlo un producto-casi-de-la-guerra-fría? Según parece, hay que estar a la última para ser considerado un poco serio (¿recuerdan aquel anuncio, ahora no me viene a la mente de qué era exactamente, creo que de alguna empresa de telecomunicaciones, en la que hacían referencia al hombre desfasado, o algo así? Pues eso.).
Señores hay que estar a la última. Para ello hay que consumir, claro, pero eso es un detalle nimio que va irremediablemente ligado a la modernidad. De hecho, si no se hace, peca uno de ratón, que es aún peor.
¿Se imaginan una versión al uso de este film? “Suena el móvil. Melodía polifónica. Pantalla en blanco y negro. ¡Es uno de ellos!” Y, entonces, todos te señalan con el dedo y comienzan a proferir espeluznantes alaridos. Qué mundo éste…

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